sábado, 20 de abril de 2013
Algún científico lo explicará
Un pedazo de cielo se propuso perturbarme. Le dijo a sus tristezas que titilaran con más fuerza para que yo vea una estrella. No, justo al revés.
Le dijo a sus fuerzas que estrellaran con tristeza para que yo las vea titilar. Tampoco.
Le dijo a sus estrellas que titilaran con más fuerza para que yo vea una tristeza (ahora sí), como de luces reflejadas en ojos llorosos.
Nadie derramó una lágrima, nadie quiso extrañar de antemano. Pero el mundo algo sabe. Hay quienes dicen que hay un destino, que todo está escrito. Que las pistas se nos presentan para agarrarnos desprevenidos y hacernos pensar.
¿Y qué tal si no es así? ¿Qué diríamos si en realidad el mundo sabe algo de antemano y lo quiere comunicar? "¡Las estrellas nos están advirtiendo futuras lágrimas!" diría algún sabio con ese tono de voz "de refrán" que da la experiencia, el mismo tono que tantos tontos intentan imitar en vano. Más difundidos los saberes, el rumor sería noticia. "Más de cien personas sintieron anoche el vacío entre el corazón y el pecho; anuncian nostalgia", rezaría mañana el titular de un diario.
Pero no puedo dejar de creer (o intentar creer, sólo por lo hermoso que sería que fuese cierto) que no es el Universo, ni el mundo, el que sabe. Y desde luego, no serían cien personas las que lo sienten en este caso. Algo de nosotros sabe.
Alguna parte de nuestros cerebros lo percibe. Y será inexplicable hasta que un científico pueda expresarlo.
Mi cabeza sabe por qué el vacío, por qué las estrellas brillantes y llorosas. Mi cabeza lo sabe, yo no.
Nuestros cerebros entienden por qué justo mientras mirabas hacia la dirección por la que me iba, di vuelta la cabeza yo también y nos saludamos por última vez antes del viaje. Nosotras no.
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