jueves, 7 de marzo de 2013

Ciudad – Contaminación


Millones de luces de colores cubren mi campo visual, algunas quietas, otras parpadeantes, pero todas exigiendo igual atención. Mis ojos se posan en unas y otras, no pueden detenerse, beberlas a todas, aunque cada tanto se sumergen en un grupo de ellas y así permanecen horas que parecen minutos.
Hay palabras por todos lados: en mis ojos y mis oídos. Voces y gritos exigen no sólo atención, sino también respuestas.
Mis sentidos están saturados, impregnados de alrededor.
Hay mucho tránsito, gente que va y que viene, que aparece y desaparece, que grita cosas con o sin destinatarios.
Y yo atenta a todo.
Hay mucho tránsito de cosas, paquetes que van de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, arrastrados; de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, movidos por grúas.
Y yo atenta a todo.
Hay música que viene de todos lados. Se corta una melodía y comienza otra. Se superponen y se interrumpen por sonidos que, antes registrados, se refieren a mensajes o hechos repetitivos y constantes.
Y yo soy como un perro de Pavlov que escucha cincuenta campanas. Atenta a todo.
Carteles, mensajes, imágenes, gestos, sonidos, comunicación a raudales, todos dirigiéndose a mí en esta ciudad.
Lo que percibo, lo que reflexiono y lo que recuerdo se entremezclan y forman una masa pegajosa y amorfa entre mis neuronas.
Estoy como atada, hasta que digo basta y me suelto.
Vuelvo a mi mundo, llego a mi cuarto, aterrizo en mi cama. Todo mi cuerpo sigue alterado por semejante exposición al caos.
Las imágenes emergen, perduran, palpitan, dentro de mi cabeza y a escasos milímetros de mis ojos, que todavía redescubren como en mareo las parpadeantes imágenes del infierno de luces y colores retenidas en la memoria, que como un gran afiche se desenrosca y cubre toda la negra mesa de mis párpados cerrados. Son marionetas que siguen moviéndose cuando ya ha caído el telón. Y las puertas están cerradas, no hay forma de levantarse siquiera de la butaca, a la vez que innumerables voces, que son todas mi voz interior, hablan al unísono, más cerca y más lejos. Se atropellan y se ubican unas encima de las otras, las palabras que representan a las ajenas, a las que son propias; a las dichas, a las pensadas; a las pasadas, a las futuras; a las frustradas, a las planeadas; a las inútiles, a las imposibles; a las cantadas, gritadas, murmuradas, recitadas, susurradas y calladas.
Mi cuerpo se relaja voluntariamente, pero no logro callar a la mente, que, como si fuese la cabeza colocada en el muñeco equivocado, añora estar en otro lugar, masoquista del circo de la contaminación. Tengo el cerebro atado a lo que dejé, y sólo repite como un eco amplificándose en lugar de menguar, todo lo visto, todo lo oído, todo lo hablado y todo lo pensado.
No puedo dormir. Hay dos caminos: explotar o canalizar. Pero la explosión no llegará nunca, será una agonía inacabable que nunca alcanzará a la muerte.
Así que se desencadena una lucha cuerpo contra mente, en la que el primero busca relajar sus músculos, aflojar la tensión, mientras la segunda se agita y golpea las paredes del cráneo. Las manos son neutrales, seguirían trabajando por inercia. La elección es canalizar. La mente ganó, arrastra al cuerpo hasta una silla, obliga a las manos a la búsqueda de la lapicera y los papeles, y a su depósito en la mesa, y vomita todo su contenido en un texto, para liberarse de la ebriedad que le generaron las millones de luces de la pantalla de la computadora y los sonidos como martillos de los auriculares.
La ciudad, la contaminación, virtuales.

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