Millones
de luces de colores cubren mi campo visual, algunas quietas, otras
parpadeantes, pero todas exigiendo igual atención. Mis ojos se posan en unas y
otras, no pueden detenerse, beberlas a todas, aunque cada tanto se sumergen en
un grupo de ellas y así permanecen horas que parecen minutos.
Hay
palabras por todos lados: en mis ojos y mis oídos. Voces y gritos exigen no
sólo atención, sino también respuestas.
Mis
sentidos están saturados, impregnados de alrededor.
Hay mucho
tránsito, gente que va y que viene, que aparece y desaparece, que grita cosas
con o sin destinatarios.
Y yo
atenta a todo.
Hay
mucho tránsito de cosas, paquetes que van de derecha a izquierda, de izquierda
a derecha, arrastrados; de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo, movidos
por grúas.
Y yo
atenta a todo.
Hay
música que viene de todos lados. Se corta una melodía y comienza otra. Se
superponen y se interrumpen por sonidos que, antes registrados, se refieren a
mensajes o hechos repetitivos y constantes.
Y yo
soy como un perro de Pavlov que escucha cincuenta campanas. Atenta a todo.
Carteles,
mensajes, imágenes, gestos, sonidos, comunicación a raudales, todos
dirigiéndose a mí en esta ciudad.
Lo que
percibo, lo que reflexiono y lo que recuerdo se entremezclan y forman una masa
pegajosa y amorfa entre mis neuronas.
Estoy
como atada, hasta que digo basta y me suelto.
Vuelvo
a mi mundo, llego a mi cuarto, aterrizo en mi cama. Todo mi cuerpo sigue
alterado por semejante exposición al caos.
Las
imágenes emergen, perduran, palpitan, dentro de mi cabeza y a escasos
milímetros de mis ojos, que todavía redescubren como en mareo las parpadeantes
imágenes del infierno de luces y colores retenidas en la memoria, que como un
gran afiche se desenrosca y cubre toda la negra mesa de mis párpados cerrados.
Son marionetas que siguen moviéndose cuando ya ha caído el telón. Y las puertas
están cerradas, no hay forma de levantarse siquiera de la butaca, a la vez que
innumerables voces, que son todas mi voz interior, hablan al unísono, más cerca
y más lejos. Se atropellan y se ubican unas encima de las otras, las palabras
que representan a las ajenas, a las que son propias; a las dichas, a las
pensadas; a las pasadas, a las futuras; a las frustradas, a las planeadas; a
las inútiles, a las imposibles; a las cantadas, gritadas, murmuradas,
recitadas, susurradas y calladas.
Mi
cuerpo se relaja voluntariamente, pero no logro callar a la mente, que, como si
fuese la cabeza colocada en el muñeco equivocado, añora estar en otro lugar,
masoquista del circo de la contaminación. Tengo el cerebro atado a lo que dejé,
y sólo repite como un eco amplificándose en lugar de menguar, todo lo visto,
todo lo oído, todo lo hablado y todo lo pensado.
No
puedo dormir. Hay dos caminos: explotar o canalizar. Pero la explosión no
llegará nunca, será una agonía inacabable que nunca alcanzará a la muerte.
Así que
se desencadena una lucha cuerpo contra mente, en la que el primero busca
relajar sus músculos, aflojar la tensión, mientras la segunda se agita y golpea
las paredes del cráneo. Las manos son neutrales, seguirían trabajando por
inercia. La elección es canalizar. La mente ganó, arrastra al cuerpo hasta una
silla, obliga a las manos a la búsqueda de la lapicera y los papeles, y a su
depósito en la mesa, y vomita todo su contenido en un texto, para liberarse de
la ebriedad que le generaron las millones de luces de la pantalla de la
computadora y los sonidos como martillos de los auriculares.
La
ciudad, la contaminación, virtuales.
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