Dicen que un día, en alguna ciudad cuyo nombre nadie pronuncia, ocurrió algo muy singular.
Parece ser que algo en los cerebros de sus habitantes mutó como por arte de magia y sus percepciones de la realidad se transformaron profundamente. Aunque también hay otra teoría que expresa que sus sentidos no fueron alterados, sino que lo que cambió fue el comportamiento del entorno. Tómese una interpretación u otra, lo que verdaderamente ocurrió fue que a partir de ese día tan extraño, sin previo aviso, como cada día sigue consecutivamente al anterior, ellos vieron cosas que nunca antes habían visto.
Se cuenta que las imágenes que emitían los televisores literalmente salieron de los mismos y se arremolinaron en las habitaciones, las salas de estar y los comedores. Los personajes de las telenovelas fueron vistos amándose y odiándose dentro de las casas. Las imágenes estampadas en dos dimensiones en los envases de los alimentos se volvieron corpóreas y permitieron a los consumidores saborearlas, para descubrir que en nada se parecía ese exquisito sabor por el que habían pagado, al mediocre gusto de las porciones reales que contenían las latas y los paquetes.
Los hechos anunciados por los noticieros no se volvieron más o menos reales, pero por primera vez estremecieron a la audiencia, renovada en su capacidad de percepción y sorpresa.
Las películas de acción, las imágenes de violencia, salieron de sus dispositivos y golpearon a quienes encontraron cerca. Mientras tanto, los signos de paz, las rudimentarias y convencionales representaciones gráficas del corazón humano y otros símbolos diversos saltaron de las paredes, de las telas, de los papeles y las pantallas para entrometerse en los cerebros de los hombres. No se quedaron atrás las ideologías que en forma de slogans habían estado asumiendo desde hacía algún tiempo un rol publicitario. Por igual marcas e ideologías, alineadas en diferentes filas, marcharon por las calles, aturdiendo a los peatones que, malacostumbrados a recibir indicaciones y a cumplir órdenes, no supieron qué debían hacer.
Dicen que la ciudad fue un caos. Nadie sabía cómo calmar semejante avalancha de ideas avasallantes. Se sintieron desprotegidos, conflictuados, débiles, incapaces de asumir un rol. Pero se cuenta que algunos habitantes mantuvieron la serenidad ante las imágenes que se desarrollaban ante sus ojos, y aunque fueron considerados locos, no se inmutaron.
Lo cuentan emocionados, los niños ríen y los adultos se asustan. Todos parecen coincidir en que no es más que una leyenda.
![]() |
| Cuento integrante de la antología Desnudos sobre el Papel, compilada por Carla Demark. Publicado a través de ROI, proyecto de Editorial Dunken. |

No hay comentarios:
Publicar un comentario