Mientras
la computadora hacía su trabajo aplicando filtros sobre incontables archivos,
la mujer se puso unos enormes lentes de marco rojo, revisó la lista de precios
y dijo:
-
Bueno, le explico cómo trabajo. Deberá pagarme por adelantado el 50% del precio
del producto más caro que sea arrojado por la búsqueda.
- ¿Cómo? ¿Sin verlo antes?
- Sí, así es. Verlo es parte del consumo, ¿comprende?
- Pero si no me llevo ninguna me devuelve lo que le pagué...
- No, no. El adelanto es un derecho a lectura que debe pagar independientemente de su decisión final.
- Pero eso es un robo. No puede cobrarme por algo que no me entrega.
- En cierta forma sí es una entrega, imagínese que yo a usted no lo conozco, no sé cuánta memoria visual tiene y tengo que cubrirme por cualquier acto malintencionado de su parte. Recuerde que estas obras son exclusivas y requieren un gran esfuerzo para su elaboración. La creatividad no crece en los árboles.
- Eso lo comprendo, señorita, yo soy músico. Pero aun así, considero que disfrutar del arte es algo libre, o ¿acaso cuando toco en mi casa o en la calle debería cobrarle a cada persona que me escucha un importe fijo por eventuales robos?
- Esas son las reglas -remarcó la mujer señalando con la lapicera un gran cartel que rezaba sobre su cabeza la forma de cálculo de los importes de los derechos a lectura y a prueba.
- Muy bien, acepto. No tengo opción, hoy por hoy. Pero no estoy de acuerdo.
El
músico sacó de su bolsillo la billetera y pagó el monto que la autora le
indicó.
- ¿Qué es el derecho a prueba? –preguntó mientras entregaba los billetes, observando el cartel.
- Es el importe a pagar si decide, una vez leído el producto, probarlo cantándolo, con o sin música.
- ¡¿Pero para eso no le acabo de pagar?!
- No, señor. Usted me pagó el derecho a lectura, no a prueba.
- ¿Y ese derecho qué sentido tiene?
- Bueno, yo no tengo por qué darle explicaciones sobre mi negocio, pero se las daré para que no piense que soy una ladrona. Usted sabrá, como músico que es, que la memoria auditiva es muy particular, y combinada con la visual permite recordar palabras y sonidos con potenciado efecto.
- Entonces también es por lo mismo, por el temor a que le robemos. ¡Hay que ser desconfiado, eh!
- Sí, puede que usted esté en lo cierto.
- Desde ese punto de vista, yo podría cobrarle a usted el derecho a escuchar mi versión de su canción. ¿Qué le parece?
- Si no se siente cómodo probando el tema en mi presencia, puede dejar aquí su teléfono y todo otro aparato grabador o transmisor de información que posea, e ingresar a uno de los probadores aislados.
- Así que usted tiene todo calculado. ¿Y qué pasa si yo temo que usted me robe mis pertenencias?
- Lockers. Lo que ve aquí, detrás de mí, son lockers con llave.
- Bueno, a ver. ¿Qué tiene para ofrecerme?
La autora se levantó de su silla, se dirigió hacia la impresora y retiró unas hojas tibias.
- Estas diez poseen las palabras clave.
El músico las tomó y miró sin saber por dónde empezar.
-Puede tomar asiento.
- Los caminantes en los sende...
-En silencio, por favor. Si no, se considera prueba.
Después de unos minutos, el músico levantó la vista y sentenció:
- No me gustan. ¿Puedo cambiar las palabras clave?
- Cómo no. Dígame.
- "Soledad", "camino", "destino".
- A ver... el derecho de lectura es de 3500 pesos.
- ¿¡COMO!?
- Le explico, las palabras que eligió son muy recurrentes en la poesía y existe un gran número de artículos que las contienen. Los precios fluctúan desde los 500 hasta los 7000 pesos, y corresponde por el derecho de lectura el 50% del más caro.
- Pero yo no puedo pagar eso.
- ¿Quiere hacer otra búsqueda?
- No,
me voy a escribir mis propias canciones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario